Historia de Lanzarote del Lago

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—Doncella, sed bienvenida a mí, y muchas gracias por habérmelo traído, pues es bello y con mucho gusto lo armaré caballero en cuanto él quiera. Pero me acabáis de decir que no me ibais a pedir un don por el que yo fuera afrentado o recibiera daño y mal: con lo que me pedís sí que seré afrentado si lo hago, pues no tengo costumbre de armar caballeros si no les doy yo las ropas y las armas. Dejadme a vuestro servidor y lo haré caballero con mucho gusto, poniendo de mi parte lo que me corresponde, es decir, las armas, el arnés y la ceremonia; que Dios ponga el resto, que es el valor y las buenas cualidades que debe poseer un caballero.

—Señor, es posible que no tengáis la costumbre de armar caballeros si no es dándoles vos todo, pues aún no se os había presentado otra posibilidad; ahora os pido que lo hagáis así y me parece que no recibiréis ninguna afrenta. Y sabed que este criado no puede ser caballero y no debe serlo si no lleva las armas y los vestidos que están aquí. Si queréis, lo armaréis caballero; si no lo queréis hacer, me iré pero yo misma llevaré a cabo la investidura.

—Señor —interrumpe mi señor Yvaín— no os neguéis a armarlo caballero tal como pide la dama, ya que así lo desea ella. Y aunque tengáis que romper en algo vuestra costumbre, no debéis dejar que se vaya un muchacho tan hermoso como éste, pues no recuerdo a ninguno que se le pareciera.


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