Historia de Lanzarote del Lago

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—Por mi fe, me pesa; no obraréis con prudencia, y no pienso seguir avanzando con vos.

—Si queréis acompañarme, hacedlo; si no, no lo hagáis, pues lo mismo me da una cosa que otra.

Entonces desmonta, toma la espada en una mano y el yelmo en otra y deja al caballero y a sus escuderos en el poyo de la fuente, mientras que él va al pabellón con la espada desenvainada en la mano. Iba a abrir la puerta del pabellón, pero el gran caballero estaba sentado delante en un sillón muy rico, y le dice al muchacho en cuanto lo ve:

—En mala hora lo haréis, buen señor; no debéis entrar.

—¿Quién, yo? Sí que voy a entrar, pues quiero ver a una doncella que hay dentro.

—No está abandonada para que la vean todos los que lo deseen.

—No sé a qué está abandonada, pero la voy a ver.

Y se dispone a entrar a la fuerza.

—Deteneos, buen señor, no entréis, pues la doncella está dormida y yo no querría que se despertara si no lo desea. Ya que estáis tan dispuesto a verla, no me voy a enfrentar con vos, pues no me honraría mucho dándoos muerte, pero os dejaré que la veáis cuando se despierte.

—¿Por qué no os honraría mi muerte?


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