Historia de Lanzarote del Lago

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El día siguiente hacía cuatro días que había llegado el rey. A la hora de prima, envió a un caballero a la puerta, de acuerdo con las condiciones que le habían impuesto, pero nadie se atrevió a abrir sin que lo mandara el Caballero Blanco. El enviado regresa con la noticia al rey, que se entristece mucho; va entonces a la orilla del río y se sienta allí muy pensativo hasta la hora de tercia pasada. El séquito le dice a la reina:

—Señora, la hora de tercia pasa y el rey no envía a nadie. ¿Qué vamos a hacer?

—No lo sé. Yo no me atrevo a mandar a nadie sin una orden suya, y ahora está ensimismado.

Mientras tanto, el caballero que había conquistado el castillo había vuelto a salir por el portillo falso a ver a las gentes del rey y había ordenado que si el rey enviaba a alguien a la hora de tercia, que abrieran la puerta, pero que no saliera nadie de allí dentro. Los del castillo estaban asomados a la muralla, deseosos de que terminaran las tristes costumbres del lugar. El portero no se atrevía a decir nada, ni dejaba salir a nadie, pero hace señas al viejo para que llame al rey Arturo, y éste le grita:

—¡Rey Arturo, la hora pasa, la hora pasa!

Y lo mismo gritan todos los demás, de forma que el valle retumba. Cuando la reina y los caballeros oyen la voz, acuden a la puerta, preocupados porque el rey no abandona sus pensamientos.


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