Historia de Lanzarote del Lago

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XXXIX

Cuando mi señor Galván se fue de la Dolorosa Guardia erró con las dos doncellas y Bruno sin Piedad hasta que llegaron al castillo en el que había estado el caballero herido. Al no encontrarlo lo sintieron mucho, especialmente Galván, que dijo que no esperaba tener noticias suyas antes de la asamblea.

—¿Cómo —pregunta la doncella que había estado prisionera—, hay fecha fijada para la próxima asamblea?

—Sí —le contesta Galván—, falta menos de un mes.

—Allí estará, si el cuerpo se lo permite.

Siguen cabalgando guiados por Bruno, que dice que conoce mejor que nadie los caminos.

—Quiero que sepáis una cosa —le dice a mi señor Galván—, os resultaría muy difícil que os quitaran estas dos doncellas si yo os ayudara.

—Es cierto, y si no lo hicierais, seríais desleal.

Cabalgaron hasta el atardecer; vieron un pabellón y, cerca de donde estaba, un río. En el río había un ciervo que iba huyendo de los perros que lo acosaban en la orilla. Tras ellos llegaron un caballero con un cuerno de caza al cuello y un montero: ambos tocaron el cuerno en señal de que habían dado alcance a la presa.

Mi señor Galván y su compañía se dirigen hacia allí, y el caballero los saluda al verlos.


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