Historia de Lanzarote del Lago

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—Tendré compasión de él de la forma que vos me digáis, pues vos habéis hecho lo que os pedí. Él no me ha suplicado nada.

—Señora, no se atreve, porque no hay cosa que se desee que no cause miedo. Yo os lo voy a pedir por él, y si yo no lo hiciera, vos misma deberíais hacerlo, pues nunca llegaréis a alcanzar un tesoro más rico.

—Bien lo sé; estoy dispuesta a hacer todo lo que me ordenéis.

—Señora, muchas gracias. Os ruego que le concedáis vuestro amor y que lo aceptéis como caballero vuestro para el resto de la vida; sed su leal señora y lo habréis hecho más rico que si le hubierais dado todo el mundo.

—Acepto que sea mío y yo seré suya; vos castigaréis las violaciones de esta promesa.

—Señora, muchas gracias. Ahora es necesaria una señal que indique el comienzo del pacto.

—No diréis nada que yo no esté dispuesta a hacer.

—Señora, os lo agradezco: besadlo en mi presencia como prueba de vuestro verdadero amor.

—No es hora ni momento, ni lugar para darle un beso. Tengo tantos deseos de hacerlo como él, pero esas damas ya están sorprendidas por lo mucho que hemos hablado: no podríamos impedir que nos vieran. Sin embargo, si él lo desea, con mucho gusto le daré un beso.


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