Historia de Lanzarote del Lago

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Entonces, el rey reúne a sus caballeros y les cuenta sus preocupaciones, a la vez que les pide que cada cual intente retener a mi señor Galván con súplicas y alabanzas. Luego, se marchan de la sala y se encuentran con mi señor Galván que va completamente armado, a excepción de la cabeza y de las manos. El rey va a su encuentro y le ruega que se quede hasta que lleguen los otros que habían tomado parte en la anterior búsqueda, pues faltaban la mitad. Mi señor Galván no le hace caso; el rey mira a los caballeros que iban detrás de él, y todos a la vez se echan al suelo a sus pies. Al verlo, le pesa tanto que poco falta para que pierda el sentido: todas las damas y doncellas hacen lo mismo que los caballeros, y le piden que tenga compasión y que se quede. Les contesta que en vano le ruegan, pues nada le retendría, a no ser que alguien pretendiera arrebatar las posesiones a su señor el rey o que quisiera deshonrarlo.

—Sólo por esas dos cosas me quedaría, pero no es el caso de ninguna de las dos.

A continuación pide el yelmo, se lo dan y él se lo ata. Mientras, ya se habían preparado sus compañeros que iban a marcharse con él. Cuando el rey tiene por seguro que se va, teme haberlo perdido para siempre; vuelve a suplicarle que se quede y quiere, incluso, arrojarse a sus pies. Mi señor Galván lo sujeta entre sus brazos, gritándole:


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