Historia de Lanzarote del Lago

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El criado empuña la espada, y Claudás también lo hace. No llevaba ninguna otra arma con que pudieran cubrirse, aunque Claudás había conseguido muy buenas armas en Bretaña, pero las había dejado en Wuichent, pues deseaba volver de incógnito a su país. Estaban lejos de todas las gentes, Claudás, que no tenía intención de combatir, se encontró ante su servidor que le atacaba con la espada desenvainada, y sabía que era valiente y atrevido; por eso le pesa haber llegado tan lejos en aquello que había empezado como un juego; no sabe qué hacer, pues si le grita pidiéndole merced, teme que luego se sepa y que las gentes que lo oigan contar lo consideren una cobardía, cosa que él siempre odió. Así, se mantiene en su locura, esperando como un insensato al que viene contra él con la espada desenvainada, exigiendo su derecho. Siente miedo, pues sabe que uno de los dos morirá o quedará herido si las espadas llegan a golpear: el rey Claudás nunca tuvo tan gran miedo de la muerte, ni la había visto antes tan de cerca.

Se aproximan ambos. Claudás aún espera un poco, y cuando ve a su criado dispuesto a golpearle, le grita diciéndole que se detenga un momento, hasta que haya hablado con él. El servidor se detiene y, entonces, Claudás le dice:



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