Historia de Lanzarote del Lago

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Tenía la boca pequeña, los labios rojos y bien trazados; sus dientes eran menudos y blancos, y estaban bien juntos; la barbilla la tenía bien formada, con un hoyuelo; la nariz suficientemente larga, un poco más alta en la parte del puente; ojos glaucos, vivos y llenos de alegría, igual que él, pero que cuando se enfadaba parecían carbón encendido y era como si de los pómulos le brotaran gotas de sangre; y cuando estaba airado fruncía el ceño, como hacen los caballos, y apretaba los dientes, de forma que le crujían con fuerza y parecía que el aliento que le salía de la boca fuera rojo: entonces hablaba con tanta dureza como si fuera un clarín y destrozaba todo cuanto tenía entre los dientes o entre las manos. Cuando se le pasaba, no recordaba más que el motivo por el que se había enfadado, tal como después se vio en varias ocasiones.

Tenía la frente alta; las cejas morenas, separadas y bien pobladas; su pelo era rubio y brillante cuando niño, que no se podía encontrar de color más hermoso; pero cuando llegó a la edad de llevar armas —tal como oiréis más adelante— le cambió de rubio a castaño y así lo tuvo el resto de su vida, rizado y agradable.




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