Historia de Lanzarote del Lago

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No hay que preguntar por su cuello, pues si lo tuviera una dama muy hermosa, resultaría bello a la vista y proporcionado con el cuerpo y los hombros, que no era ni demasiado delgado, ni excesivamente robusto, ni largo, ni corto. Los hombros eran anchos, y no los tenía caídos; su pecho era tal que en ningún cuerpo se encontraría uno tan ancho, tan fuerte ni tan resistente: no había en él nada en defecto; antes bien, decían los que lo veían que si fuera un poco más débil de pecho, resultaría más agradable; pero la que más lo vio, que fue la apreciada reina Ginebra, decía que Dios no se había equivocado dándole aquel pecho grande, ancho y fuerte, pues el corazón que había dentro reventaría por la angostura si no hubiera estado alojado a sus anchas, «y si yo hubiera sido Dios —decía la reina— no le hubiera dado a Lanzarote ni más ni menos».

Así eran sus hombros y su pecho. Tenía los brazos largos y rectos, de anchos huesos, bien dotados de nervios y de músculos; sus manos serían de dama si los dedos hubieran sido un poco más menudos. En cuanto a la cintura y a las caderas, no os podría decir nada que fuera mejor en otro caballero. Tenía rectos los muslos y las piernas y bien alineados los pies, que nadie estaba tan erguido cuando se mantenía en pie.


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