Historia de Lanzarote del Lago

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Mi señor Galván mira a la doncella que lo había llevado allí y la ve llorar con amargura; y lo siente mucho, pues —piensa— que quizás desearía que emprendiera este combate, «y tal vez no se atreve a pedírmelo»; teme que ella se lo tome como maldad y dejadez por su parte, si se comporta de ese modo, manteniéndose al margen. Se acerca al muchacho y le dice que vaya rápidamente a su padre y le diga que esté tranquilo, que ha encontrado un caballero que librará el combate por él; «y si Dios quiere, conseguiré que quede libre». Cuando el joven lo oye, está tan contento que más no puede. Montan a caballo él y su compañero, y van al vasallo, al que le dan la mayor alegría que ha tenido. Mientras tanto, mi señor Galván reconforta a la dama, tranquilizándola; le pide que le busque un escudo que no sea el suyo, pues las gentes del duque lo reconocerían sin dificultad. La dama no sabe cómo conseguírselo, a no ser un escudo viejo que estaba colgado en la casa, feo y descolorido. Se lo enseña, y a él le parece que es muy fuerte, de forma que no desea llevar otro: está muy contento y llevará todas sus demás armas.

Con el caballo había tenido suerte, ya que no quería ser reconocido, pues no tenía el mismo con el que había estado combatiendo durante todo el día en Leverzep, sino el del sobrino del rey de Norgales al que él derribó y el rey le dio muerte. Le dice a la dama que no siga buscando más, que ya tiene todo lo que necesita.


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