La busqueda del santo Grial

La busqueda del santo Grial

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—Lanzarote, hemos hecho tanto que vos sois nuestro y estáis en nuestra prisión; si queréis salir de ella, tenéis que hacer nuestra voluntad.

Él se lo promete y se va, dejándolos en el bosque. Se aleja por un sendero distinto del que había llevado la otra vez.

Después de alejarse mucho de los que lo habían apresado, piensa que está en una situación a la que nunca había llegado, pues jamás estuvo en un torneo en el que no venciera y en el que lo hicieran prisionero. Al meditar sobre esto, empieza a hacer un gran duelo y dice que ahora se da cuenta de que es más pecador que ningún otro, pues sus pecados y su mala fortuna le han quitado la vista de los ojos y la fuerza del cuerpo; la vista de los ojos está bien claro: no pudo ver el Santo Grial, y la fuerza del cuerpo también la ha perdido, pues nunca estuvo entre tanta gente como en este torneo ni se había cansado y fatigado tanto, sino que hacía huir a todos del lugar, quisieran o no. Doliente y entristecido con este pensamiento, cabalga hasta que la noche le sorprendió en un valle grande y profundo. Cuando vio que no podría llegar a la montaña, descabalga bajo un gran álamo; quita la silla y el freno a su caballo y él se alivia del yelmo y de la loriga y abre la ventana. Después se acuesta sobre la hierba y se duerme muy pronto, pues durante el día se había cansado y fatigado más que nunca.


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