La busqueda del santo Grial
La busqueda del santo Grial El recién llegado se admira al oÃrle hablar, pues pensaba que no habÃa un alma allà dentro; asustado, le contesta:
—Señor, tened buena ventura y, si puede ser, por Dios, decidme quién sois, pues deseo mucho saberlo.
Le dice su nombre y que se llama Lanzarote del Lago.
—En verdad, señor, sed bienvenido. Por Dios, os deseaba ver y teneros por compañero sobre todos los del mundo, y bien debÃa ser asÃ, pues sois mi origen.
Entonces el caballero se quita el yelmo de la cabeza y lo pone en medio de la nave. Lanzarote le pregunta:
—Ay, Galaz, ¿sois vos?
—Señor —le contesta—, en verdad soy yo.
Al oÃrlo, va hacia él corriendo con los brazos abiertos y empiezan a besarse. Tienen tal alegrÃa, que no os puedo contar una mayor.
Entonces se preguntan por su situación y cada uno cuenta las aventuras tal como le habÃan sucedido desde que se alejaron de la corte. Estuvieron tan entretenidos con estas palabras que apareció el dÃa y el sol se levantó. Cuando el dÃa estaba bello y claro, se vieron, reconociéndose y recomenzando la gran alegrÃa admirable. Cuando Galaz vio a la doncella que yacÃa en la nave, la reconoció al momento, pues ya la habÃa visto en otra ocasión. Preguntó a Lanzarote si sabÃa quién era aquella joven.