La busqueda del santo Grial

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—Por nuestra fe, señor —le contestaron—, vinimos a ver una aventura maravillosa, según nos han contado, pues hay en esta abadía un escudo que nadie consigue colgárselo del cuello para llevárselo sin tener tal suerte que al día siguiente o a los dos días no caiga muerto, herido o lesionado. Hemos venido para saber si es cierto lo que dicen.

—Y por esto —dijo el rey Bandemagus— me lo quiero llevar mañana y así sabré si los hechos son tal como los cuentan.

—Por Dios —dijo Galaz—, me maravilla lo que me habéis contado, si ese escudo es como decís. Si vos no lo podéis llevar, yo lo llevaré: no tengo escudo.

—Señor —le dicen—, os lo cedemos, pues sabemos bien que no fallaréis en la empresa.

—Yo quiero que lo intentéis antes vosotros, para saber si es cierto o no lo que os han contado.

Y así lo acordaron. Aquella noche los compañeros fueron servidos abundantemente con todo lo que los de la abadía pudieron ofrecerles; los frailes, al oír el respeto que los dos caballeros le mostraban, honraron mucho a Galaz: le hicieron acostar en un rico lecho con tanta solemnidad como merecía un hombre como él. Junto a él se acostaron el rey Bandemagus y su compañero.

El día siguiente por la mañana, después de oír misa, preguntó el rey Bandemagus a un fraile dónde estaba el escudo del que tanto se hablaba por el país.


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