La canción de Rolando
La canción de Rolando EL EMPERADOR se arma el primero. Con gran premura reviste su cota, se anuda el yelmo y ciñe Joyosa, cuyo centelleo ni el mismo sol puede apagar. Suspende de su cuello un escudo de Biterna, y toma su pica, enarbolándola. Monta después en Tencedor, su buen corcel, que conquistó en los vados de Marsona cuando desarzonó y derribó muerto a Malpalín de Narbona. Suelta las riendas a su montura, le hinca repetidamente las espuelas y se lanza al galope a la vista de cien mil hombres. E invoca a Dios y al apóstol de Roma.
POR TODO el campo, los de Francia echan pie a tierra; son más de cien mil los que se arman a la vez. Tienen equipos a su gusto, sus corceles son briosos y lucidas sus armas. Saltan gallardamente sobre sus monturas. Si llega la hora, se prometen librar batalla. Ondean los gonfalones hasta tocar los yelmos. Al contemplar Carlos tan cabal prestancia, llama a Jocerán de Provenza, al duque Naimón y a Antelmo de Maguncia, diciéndoles:
—Podemos contar con estos valientes. ¡Insensato el que entre ellos sienta algún temor! Si no renuncian a la lucha los árabes, espero cobrarme muy cara la muerte de Rolando.
Y responde el duque Naimón:
—¡Así lo quiera Dios!
CARLOS llama a Rabel y Guinemán y les dice: