La canción de Rolando
La canción de Rolando —Iré yo, con vuestra venia: entregadme, pues, el guante y el bastón.
—Sois hombre de buen consejo —dice el rey—; por mis barbas que no os alejaréis de mi lado tan pronto. ¡Regresad a vuestro sitio, que nadie os pidió nada!
—SEÑORES barones, ¿a quién podrÃamos enviar al sarraceno que es dueño de Zaragoza?
—Muy bien podrÃa ser yo —contesta Rolando.
—Por cierto que no iréis —dice el conde Oliveros—. Vuestro corazón es violento y altivo, llegarÃais a las manos, mucho me temo. Si el rey lo desea, podrÃa ir yo.
—¡Callaos ambos! —interrumpe el rey—. Ni vos, ni él, pondréis allà los pies. Por mis barbas, que veis aquà blancas, ¡ay del que me nombre a alguno de los doce pares!
Los franceses guardan silencio, intimidados.
TURPÃN DE REIMS se ha incorporado; sale de la fila y dice al rey:
—¡Dejad tranquilos a vuestros francos! Siete años permanecisteis en este paÃs: han soportado muchas penas aquÃ, muchas fatigas. Mas dadme, señor, el guante y el bastón, e iré hacia el sarraceno de España: tengo ganas de ver cómo está hecho.
—¡Id y sentaos sobre esa alfombra blanca! ¡No volváis a tomar la palabra sobre este asunto, a menos que os lo ordene yo! —replica, irritado, el emperador.
