La canción de Rolando
La canción de Rolando —¡Eso se dice pronto! Vuestras mesnadas se perderían en masa. ¡Desechad las locuras; ateneos a vuestro juicio! Enviad al emperador tantos regalos que todos los franceses queden maravillados. Con sólo mandarle veinte rehenes, al punto veréis al rey regresar a Francia, la dulce. Dejará su retaguardia a sus espaldas. Con ella quedará, supongo, su sobrino, el conde Rolando y también el animoso y cortés Oliveros: pueden darse por muertos los dos condes, si encuentro quien atienda a mis consejos. Carlos verá quebrantarse su orgullo; por siempre perderá el deseo de contender nuevamente con vos.
—BUEN CABALLERO Ganelón, ¿de qué medio puedo valerme para que Rolando perezca?
—Os lo voy a decir —responde Ganelón—. Partirá el rey hacia los mejores puertos de Cize; dejará su retaguardia a sus espaldas. Con ella quedará el poderoso conde Rolando y Oliveros, en quien tanto confía éste, al mando de veinte mil franceses. Enviadle cien mil de los vuestros para darles la primera batalla. Las huestes de Francia hallarán gran quebranto, aunque también habrán de sufrir los vuestros, no lo niego. Mas entablad luego la segunda batalla: ya sea en la una o en la otra, no habrá de salvarse Rolando. Habréis llevado a cabo, entonces, una gran proeza y nunca en vuestra vida volveréis a tener guerra.
