La canción de Rolando
La canción de Rolando —¡No permita Dios que por mi culpa sean menoscabados mis parientes y que Francia, la dulce, arrostre el desprecio! —replica Rolando—. ¡Más bien habré de dar recios golpes con Durandarte, mi buena espada que llevo ceñida al costado! Veréis su hoja cubierta de sangre. Los felones sarracenos se han reunido para desdicha suya. Os lo juro: todos ellos están señalados para la muerte.
—¡ROLANDO, mi compañero, tocad vuestro olifante! Carlos, que está cruzando los puertos, habrá de oÃrlo. Os lo juro: volverán los franceses.
—¡No plegué a Dios que jamás hombre vivo pueda decir que por causa de los infieles toqué mi olifante! —responde Rolando—. Nunca escucharán mis deudos tal reproche. Cuando se entable la feroz batalla, mil y setecientos golpes habré de asestar y veréis ensangrentarse el acero de Durandarte. Los franceses son denodados y pelearán valientemente; no escaparán a la muerte los de España.
—¿POR QUÉ habrÃan de menoscabarnos? —insiste Oliveros—. He contemplado a los sarracenos de España: son tantos que cubren montes y valles, colinas y llanuras. ¡Poderosos son los ejércitos de esta turba extranjera y muy reducido el nuestro!
Y responde Rolando:
