La historia de Simbad el marino

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Le relaté la llegada del capitán del navío, y el rey asombróse en extremo de este acontecimiento inesperado, y como me quería mucho, no quiso ser menos amable que yo, y a su vez me hizo regalos inestimables que contribuyeron no poco a enriquecerme completamente. Porque yo me di prisa a vender todo aquello, realizando así una fortuna considerable qué transporté a bordo del mismo navío donde había emprendido antes mi viaje.

Efectuado esto, fuí a palacio para despedirme del rey Mihraján y darle gracias por todas sus generosidades y por su protección. Me despidió con frases muy conmovedoras, y no me dejó partir sin haberme ofrecido aún más presentes suntuosos y objetos de valor, que ya no me decidí a vender, y que, por cierto, estáis viendo ahora en esta sala, ¡oh mis honorables invitados! Tuve igualmente cuidado de llevar conmigo por todo equipaje los perfumes que estáis aspirando aquí: madera de áloe, alcanfor, incienso y sándalo, productos de aquella isla lejana.

Subí en seguida a bordo y a poco dióse a la vela el navío con la autorización de Alah. Porque nos favoreció la Fortuna y nos ayudó el Destino en aquella travesía, que duró días y noches, y por último, una mañana llegamos con salud a la vista de Bassra, donde no nos detuvimos más que muy escaso tiempo, para ascender por el río y entrar al fin, con el alma regocijada, en la ciudad de paz, Bagdad, mi tierra.


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