La Perla numero 11

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Los muchachos parecieron darse cuenta de cuál era mi propósito, pues se arrodillaron ante mí, ofreciendo sus pichas a mis caricias, mientras Crim-Con, sin dejar de maldecir y de insistir en que yo era una “maldita putilla”, etc., gemía bajo nuestro peso. Pude advertir, sin embargo, que su goce era extremo, ya que su polla cada vez la sentía más gorda por efecto de los deliciosos meneos y fricciones con que le obsequiaba. Para colmo de gustos, la membrana que separaba su picha de la de James era tan tenue que casi podía decir que tenía dos nabos metidos a la vez en el coño. Les hice una paja a los muchachos hasta que sus ojos dieron la impresión de que iban a salírseles de las órbitas por exceso de emoción. Acabaron por correrse sobre mis firmes y redondas tetas, pero seguí manteniendo su ardor, besando alternativamente los capullos de sus carajos, mientras Crim-Con les cosquilleaba los huevos y les metía un dedo en el culo. Entre los dos los teníamos al borde de la locura.







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