La Perla numero 11

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Nunca hasta entonces había sentido tan a gusto el largo y delgado nabo de mi esposo y el de James, que estaba tan gordo a causa de la lujuria que le embargaba, que me sentía llena por todas partes de pichas. Y, sin embargo, sentía que necesitaba más y más..., ¡y más! Hubiera tenido que ser toda coño, y habría ansiado que todos los agujeros estuvieran bien obstruidos por una buena picha de cada uno. ¡Qué momentos tan deliciosos! ¡Ah! ¡Qué hermoso sería morir así! Me sentí transportada a otro mundo; me abandonaban los sentidos; había alcanzado realmente el paraíso.

No recuerdo nada más de tan extraordinaria escena, pero James me contó al día siguiente que se había asustado. Perdí el conocimiento de tal forma que tuvo que llevarme en brazos a mi habitación y darme tonificantes para devolverme a la vida. Poco a poco recobré el aliento para caer en una especie de sueño intranquilo, en el que decía haber azotado los miembros de los dos chicos hasta despellejarlos y hacerlos sangrar.

—También temo por su señoría —añadió—, estaba más muerto que vivo, y le vi tan exhausto que hubo que ir en busca del doctor Spendlove, quien ha augurado lo peor.


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