La Perla numero 11
La Perla numero 11 El vaticinio fue certero. Su señoría sólo vivió cuarenta y ocho horas, y yo nunca acabé de recuperarme de aquel día. Los extraordinarios abusos lascivos de aquella noche parecieron haberme minado por competo, y a partir de aquel momento no he hecho sino decaer y decaer. Me advirtieron que debía tener mucho cuidado en el futuro con los placeres sexuales. Pero a pesar de mi debilidad, mi temperamento nervioso y excitable me hace imposible abandonar los mismos, ya que para mí constituyen un anticipo del paraíso. Por ello, no obstante la mengua de mis fuerzas, cada vez que se me ha presentado la oportunidad me he entregado al goce de los deleites del sexo o a la contemplación de los placeres ajenos.
Los albaceas lo arreglaron todo, y el nuevo conde, para mostrar su agradecimiento por los servicios prestados en beneficio de sus intereses, recompensó pródigamente a James y a los dos jóvenes. Según me confió más tarde, tomó en consideración para ello que le habían ayudado a posesionarse de los títulos y de las tierras por lo menos cinco o diez años antes de lo que razonablemente era de esperar.
—¿Y no creéis, milord —le pregunté cuando me dijo tal cosa— que también yo merezco vuestro agradecimiento? ¿Dónde está vuestra gratitud para con la pequeña Beatrice?