La Perla numero 11

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Cuando se levantó, me di cuenta de que sus pantalones habían caído al suelo y que su polla estaba dura y apuntaba hacia mí, moviendo su gran capullo, como si me retase a la guerra.

Se la cogió con la mano para decirme:

—Mira, May, pobre de ella. Ansía tu clemencia, y sólo pide que le permitas esconder su ardiente capullo unos breves instantes en ese acogedor nido. ¿No quieres tocarla con tu mano?

—¡Debería darle vergüenza, Mr. T.! ¡Quite de mi vista esa asquerosidad! ¡No quiero verla ni tocarla! No le permitiré que me la meta.

Y me protegí el coño con una mano. Él la apartó y llevándola hasta su polla, me obligó a circundarla con la mano. Me pareció deliciosamente suave y blanda, aunque al mismo tiempo rígida y firme.

—¡Suélteme, Mr. T! ¿Qué pretende hacerme?

—Pretendo follarte, May; voy a meterte la polla en tu coño y así te follaré.

—¡Nunca se lo permitiré! Me haría daño con esa cosa.

—En modo alguno, querida mía. No voy a herirte ni a causarte el menor daño. Anda, déjame metértela, pichoncito.

Empujó el capullo de su polla hacia los labios de mi coño, al tiempo que la movía hacia arriba y hacia abajo y comentaba:


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