Las mil y una noches segun Galland

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Aladino comenzó a contar a su madre todo lo sucedido con el mago desde el viernes en que llegó en su busca para llevarlo con él a ver los palacios y los jardines que estaban fuera de la ciudad; lo que aconteció en el camino, hasta que llegaron a aquel lugar entre dos montañas donde debía operarse el gran prodigio del mago; cómo, vertiendo perfume en el fuego y pronunciando unas palabras mágicas, la tierra se había abierto en un instante, dejando ver la entrada de una cueva que conducía a un tesoro inestimable. No olvidó el bofetón que recibió del mago, y de qué manera, aplacando un poco su ira, lo había enredado, con grandes promesas y poniéndole su anillo en el dedo, para descender a la cueva. No omitió ninguna circunstancia de cuanto había visto al pasar y repasar por las tres salas, por el jardín y por la terraza donde había cogido la lámpara maravillosa, que mostró a su madre sacándola de su seno, al igual que los frutos transparentes y de diferentes colores que había cogido en el jardín al regresar y de los que juntó dos bolsas llenas que dio a su madre, que les hizo poco caso. Esos frutos eran, sin embargo, piedras preciosas. El resplandor, brillante como el sol, que despedían a la luz de una lámpara que iluminaba la habitación debía haberles hecho pensar en su gran precio; pero la madre de Aladino no tenía en esto más conocimiento que su hijo. Había sido educada en condiciones muy humildes, y su marido nunca había tenido dinero para regalarle ese tipo de joyas. Por lo demás, tampoco se las había visto a ninguna de sus parientes ni vecinas: no es de extrañar, pues, que las considerase cosas de poco valor, buenas todo lo más para recrear la vista por la variedad de sus colores; lo que hizo que Aladino las pusiese detrás de uno de los cojines del sofá en que estaba sentado. Acabó el relato de su aventura diciéndole que, cuando volvió y se presentó a la entrada de la cueva, listo para salir, y rehusó darle al mago la lámpara que quería tener, la entrada de la cueva se cerró en un instante por la fuerza del perfume que el mago había vertido en el fuego que no había dejado extinguirse, y de las palabras que había pronunciado. Pero no pudo decir más sin deshacerse en lágrimas, describiéndole la desdichada situación en que se había encontrado cuando se vio enterrado vivo en la cueva fatal hasta el momento en que salió de ella y, por así decir, volvió al mundo, tocando el anillo cuyas propiedades desconocía. Terminado el relato, dijo a su madre: «No es necesario añadir más; el resto lo conoces. Ya sabes, pues, cuál ha sido mi aventura y cuál el peligro que he corrido desde que salí de casa.»


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