Las mil y una noches segun Galland
Las mil y una noches segun Galland El derviche hizo otro tanto, noté que preferÃa las piedras preciosas al oro y resolvà copiar su ejemplo. Ya cargados mis ochenta camellos, el derviche, antes de cerrar la montaña, sacó de una jarra de plata una cajita de madera de sándalo que según me hizo ver, contenÃa una pomada, y la guardó en el seno.
Salimos, la montaña se cerró, nos repartimos los ochenta camellos y valiéndome de las palabras más expresivas le agradecà la fineza que me habÃa hecho, nos abrazamos con sumo alborozo y cada cual tomó su camino.
No habÃa dado cien pasos cuando el numen de la codicia me acometió. Me arrepentà de haber cedido mis cuarenta camellos y su carga preciosa, y resolvà quitárselos al derviche, por buenas o por malas. El derviche no necesita esas riquezas —pensé—, conoce el lugar del tesoro; además, está hecho a la indigencia.
Hice parar mis camellos y retrocedà corriendo y gritando para que se detuviera el derviche. Lo alcancé.
—Hermano —le dije—, he reflexionado que eres un hombre acostumbrado a vivir pacÃficamente, sólo experto en la oración y en la devoción, y que no podrás nunca dirigir cuarenta camellos. Si quieres creerme, quédate solamente con treinta, aun asà te verás en apuros para gobernarlos.
—Tienes razón —me respondió el derviche—. No habÃa pensado en ello. Escoge los diez que más te acomoden, llévatelos y que Dios te guarde.
