Las mil y una noches

Las mil y una noches

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El buen hombre tomó el hábito de derviche para hacer una vida retirada e hizo en la casa varias celdas a fin de alojar a otros derviches; así es que la quinta se vió convertida a poco en una numerosa comunidad visitada por el pueblo todo y por los señores principales de la Corte, que ya conocían las virtudes del nuevo derviche. La fama de su reputación llegó a oídos del antiguo y envidioso vecino, quien determinó ir a la capital a tramar la pérdida y la ruina del objeto de su odio. Fué al convento, que así podía llamársele a la quinta, y dijo al superior que iba a comunicarle asuntos secretos de la mayor importancia. El derviche le recibió con agrado, mandó a los demás que se retirasen a sus celdas, puesto que era una hora avanzada de la noche, y a instancia del envidioso infame bajó solo con él al jardín. Empezaron a dar paseos, y al llegar junto a la cisterna empujó el hombre perverso al honrado derviche, y éste quedó sepultado en el fondo sin que nadie presenciase acción tan criminal. Huyó el envidioso fuera del convento, apresurándose a regresar a su pueblo, bien convencido de que su antiguo amigo no existía. Pero la cisterna estaba habitada por hadas y por genios, que socorrieron al derviche de un modo tan eficaz que ni aun siquiera se hizo daño con el golpe tremendo de la caída. Pronto oyó una voz que decía:

—¿Sabéis quién es ese hombre que acaba de caer en la cisterna?


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