Las mil y una noches
Las mil y una noches No perdió el buen derviche ni una sola palabra de la extraña conferencia de los genios y las hadas, que guardaron un silencio profundo en el resto de la noche. Al día siguiente echó de ver el derviche un agujero por donde pudo salir con facilidad, y refirió en el convento a sus compañeros el crimen que se había querido perpetrar. Retiróse luego a su celda, y cuando entró el gato negro a hacerle sus caricias de costumbre, le arrancó de la mancha los siete pelos blancos, de los que se serviría en caso de necesidad.
Llegó, en efecto, el Sultán acompañado de la Princesa, su hija, y de una brillante comitiva, y el derviche ejecutó puntualmente lo que había oído decir a las hadas en la cisterna, y con tal acierto y eficacia, que los espíritus diabólicos salieron del cuerpo de la Princesa, que, enajenada de gozo al verse libre, se arrojó en brazos de su padre. Éste besó con respeto la mano del derviche y preguntó, volviéndose a los cortesanos:
—¿Qué recompensa merece el hombre que ha curado a mi hija?
—Ser su esposo —contestaron todos.
—Eso es justamente lo que yo pensaba —continuó el Sultán—, y la boda se celebrará en este momento.