Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Poco tiempo después murió el primer Visir, a quien substituyó el derviche, y muerto también el Sultán sin dejar hijos varones, fué nombrado su yerno por aclamación para reemplazarle en el trono.

Iba un día por la calle seguido de su corte y vió al envidioso entre la muchedumbre que se agolpaba a su paso.

—Traedme aquí a ese hombre —dijo en voz baja a uno de los visires—, y cuidad de no intimidarlo.

Obedeció el Visir, y cuando el envidioso estuvo en presencia del Sultán, le dijo éste:

—Amigo mío, tengo una gran satisfacción en volver a veros —y dirigiéndose a uno de sus oficiales, continuó—: Que se den a este hombre mil monedas de oro, veinte camellos cargados de ricas mercaderías y una guardia que le acompañe y escolte hasta su casa con toda seguridad.

Y despidiéndose del envidioso, prosiguió su interrumpida marcha.

Cuando hube acabado de contar la historia al Genio, le dije:

—Ya veis cómo el generoso Sultán perdonó y aun colmó de beneficios al hombre que había atentado contra su vida. Perdonadme vos a mí y seguid tan noble ejemplo.


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