Las mil y una noches
Las mil y una noches —Todo lo que puedo hacer por ti —me respondió— es no darte la muerte, pero sentirás de otro modo el influjo de mi poderÃo.
Y asiendo mi cuerpo con violencia me transportó a lo alto de una montaña. Tomó un puñado de tierra, que me arrojó al rostro murmurando unas palabras que no comprendÃ, y me dijo:
—Deja de ser hombre y conviértete en mono.
Asà se verificó en el acto, puntualmente, y me vi solo, lleno de dolor, bajo aquella forma extraña en mi paÃs, desconocido de todo punto y sin saber si estaba lejos de los dominios del Rey, mi padre.
Bajé de la montaña y al cabo de un mes de viaje llegué al borde del mar, desde donde vi un buque que estarÃa a una media legua de la playa. No habÃa tiempo que perder; arranqué la rama de un árbol, y montado en ella, sirviéndome de dos palos para remar, llegué al barco, cuya tripulación y pasajeros me contemplaban con asombro al ver la ligereza con que me encaramé por las cuerdas arriba.
Algunas personas supersticiosas creyeron que mi presencia en el buque era un mal presagio y que debÃa perecer instantáneamente, pero el capitán, sensible a las lágrimas que vertÃan mis ojos, me tomó bajo su protección, me hizo mil caricias, librándome de una muerte segura.