Las mil y una noches

Las mil y una noches

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A los cincuenta días de navegación echamos el ancla en la bahía de la capital de un estado poderoso, y entre los que fueron a visitar el buque y dar a todos la enhorabuena por la feliz llegada, iban varios oficiales del Sultán con su pretensión de que los pasajeros de a bordo escribiesen algunas líneas en un pergamino.

—Habéis de saber —dijeron para explicar lo extraño de su misión— que el Sultán, nuestro amo, ha perdido a su primer Visir, hombre de gran capacidad y que escribía de un modo admirable. El Sultán ha hecho juramento de no nombrar en su reemplazo más que a la persona que escriba con tanta perfección como el difunto, y hasta ahora no se ha encontrado a nadie capaz de substituirlo.

Cuando los pasajeros acabaron de escribir me adelanté hacia la mesa. Creyeron al principio que iba a destrozar el pergamino, pero yo les tranquilicé haciendo señas de que quería escribir como ellos. Tomé la pluma en medio de la risa burlesca de los circunstantes y escribí las seis clases de letra que usan los árabes, y cada muestra consistía en un dístico o redondilla improvisada en alabanza del Sultán. Los oficiales presentaron el pergamino al Sultán, quien al ver mi letra dijo a sus servidores:


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