Las mil y una noches
Las mil y una noches —Tomad el caballo más hermoso que poseo, adornado de ricos arneses, llevad trajes de oro y de damasco para revestir a la persona que ha escrito esto y traédmela aquà en seguida.
Los oficiales se echaron a reÃr acordándose de mÃ, y el Sultán, irritado, se disponÃa a castigarlos por tamaño atrevimiento, cuando le dijeron que no se trataba de un hombre, sino de un mono que habÃan encontrado a bordo del barco. Esta noticia aumentó la sorpresa del Sultán, que ratificó su orden para que fuese ejecutada sin demora.
Desembarqué, pues, aquel mismo dÃa, y montado en el caballo del Sultán, comenzó la marcha de la comitiva. El puerto, las calles, las plazas públicas, las ventanas y azoteas de las casas, todo estaba lleno de una inmensa multitud ansiosa de verme, porque cundió con la celeridad del rayo la noticia de que el Sultán habÃa elegido a un mono por gran Visir.
Al llegar a Palacio, entre los gritos y las aclamaciones del pueblo, encontré al Sultán sentado en su trono y rodeado de la Corte, sorprendida al notar las reverencias que yo hacÃa como un hombre que no ignoraba el homenaje debido al Sultán.