Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Concluida la ceremonia de recepción, me quedé solo con el soberano, con el jefe de los eunucos, y con un joven esclavo que me miraba con ojos de extrañeza. Nos pusimos a comer y después escribí algunos versos que llenaron de entusiasmo al Sultán, y luego el relato exacto de mis desventuras. Jugamos tres partidas de ajedrez, de las cuales gané las dos últimas; suceso que contrarió un poco a mi real adversario, y para consolarlo escribí unos versos en los que dije que dos ejércitos poderosos se habían batido un día con arrojo y ardimiento, pero que al caer la tarde se hizo la paz y juntos pasaron la noche tranquilamente en el mismo campo de batalla.

Todo esto redoblaba la admiración del Sultán hacia mi ingenio y quiso que su hija, hermosa joven a quien llamaba Sol de la Mañana, presenciase, también el prodigio de mi inteligencia.

Vino la Princesa, y sin quitarse el velo que cubría su semblante, le dijo al Sultán:

—No comprendo, señor, por qué me hacéis comparecer delante de los hombres con olvido de nuestras leyes y costumbres. Ese mono, a pesar de su apariencia, es un Príncipe, hijo de un gran Rey, y ha sido convertido por arte de encantamiento. Un Genio, nieto de Eblis, le ha hecho ese mal después de arrebatar cruelmente la vida a la princesa de la isla de Ébano, hija del rey Epitamaros.


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