Las mil y una noches
Las mil y una noches Admirado el Sultán, se volvió hacia mà como para preguntarme si era cierto lo que su hija decÃa, y yo contesté que sà por señas, poniéndome la mano en la cabeza.
—¿Y cómo sabes tú todo eso, hija mÃa? —preguntó el Sultán.
—Señor —respondió Sol de la Mañana—, en la época de mi infancia tuve a mi lado a una señora, maga muy hábil, que me enseñó setenta reglas de su ciencia en virtud de la cual podrÃa si quisiese trasladar esta capital al monte Cáucaso o en medio del Océano. Conozco también a todas las personas que están encantadas y, por consiguiente, no debéis extrañaros que haya reconocido al PrÃncipe.
—Entonces —replicó el Sultán—, te ruego, si puedes, que le hagas recobrar su primitiva forma.
—Estoy pronta a obedecer vuestras órdenes.