Las mil y una noches
Las mil y una noches La Princesa fué a su habitación y trajo un cuchillo en cuya hoja se veían grabadas palabras misteriosas. Bajamos todos a un patio secreto de Palacio, y dejándonos en una galería, avanzó al centro donde describió un gran círculo trazando en él algunos caracteres llamados de Cleopatra. Entró luego en dicho círculo a recitar algunos versículos, e insensiblemente se obscureció la atmósfera de tal modo, que casi nos vimos envueltos en las tinieblas de la noche. De repente, apareció el Genio que me había encantado bajo la forma de un león de espantosa magnitud.
—Monstruo —le dijo la Princesa—, en vez de humillarte delante de mí, te presentas con esa horrible apariencia queriendo intimidarme.
—Y tú —replicó el león— ¿no temes faltar al convenio que hemos hecho de no estorbarnos el uno al otro?