Las mil y una noches
Las mil y una noches Cuando me desperté, hice lo que me había mandado el anciano; cayó la estatua al mar, se presentó el remero de bronce, salté dentro de la barquilla y caminamos nueve días, hasta que vi unas islas que creí reconocer como pertenecientes a mis Estados.
Entonces, en el exceso de mi alegría por verme fuera de peligro, no pude contenerme y exclamé, olvidando el consejo del anciano:
—¡Dios mío! ¡Bendito seas!