Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Al día siguiente vimos, en efecto, la horrible Montaña Negra, erizada de clavos, tal como el piloto lo había dicho, y, atraídos irresistiblemente hacia ella, fueron los barcos a romperse a la costa con espantoso estruendo. Toda mi gente se ahogó, pero Dios tuvo piedad de mí, y permitió que me salvase agarrado a una tabla, con cuyo auxilio pude llegar sano y salvo al pie de una escalera proyectada en la roca. Era estrecha y peligrosa, y a cada instante me vi próximo a caer al mar, hasta que, después de mucho trabajo, conseguí llegar a la cúpula de la cima, donde dí gracias al Cielo antes de dormir un poco para reponerme de la pasada fatiga.

Mientras dormía, se me apareció un anciano de venerable aspecto y me dijo:

—Escucha, Agib, cuando te despiertes cava en la tierra que está junto a ti, y hallarás un arco de bronce y tres flechas de plomo fabricadas expresamente para libertar al género humano de los males que le amenazan. Dispáralas contra la estatua, que caerá al mar, y el caballo al lado tuyo. Entierra a este último en el mismo sitio donde encuentres el arco, y la mar subirá en seguida hasta el nivel de esta cúpula; verás una chalupa tripulada por un hombre de bronce y con un remo en cada mano. Embárcate, sin pronunciar por ningún motivo el nombre de Dios, y ve confiado a donde te lleve, que será seguramente a un sitio desde el cuál podrás ir con facilidad a tus dominios.


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