Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Aun no había acabado de pronunciar la última frase y ya la barca estaba con el hombre de bronce sumergida en las aguas. Nadé hacia la costa que creí más cercana; sobrevino la noche, y ya las fuerzas me abandonaban, rendido de mover los brazos y las piernas, hasta que una ola enorme me echó a tierra, donde esperé la salida del sol. A su luz vi que era una isla desierta en la que me encontraba, pero muy fértil y llena de árboles frutales, con los que me alimenté aquella mañana. Por la tarde distinguí una embarcación que se dirigía a la playa a toda vela, y en la incertidumbre de quiénes serían los navegantes, me subí a un árbol para ver con seguridad lo que sucediera. Desembarcaron diez esclavos provistos de palas y otros instrumentos con que remover la tierra, y de una gran cantidad de provisiones y enseres, que depositaron en una trampa o agujero, lo cual me demostró que allí había algún subterráneo. Poco después desembarcó también un anciano acompañado de un joven de catorce o quince años; ambos fueron a la trampa, y después de permanecer en ella media hora, cubrieron de tierra la superficie a fin de disimular la entrada, volviendo a bordo el anciano y los esclavos, pero no el joven, circunstancia que me llamó mucho la atención.




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