Las mil y una noches
Las mil y una noches Cuando el barco estuvo a gran distancia, bajé del árbol y levanté la tapadera de la trampa. Una escalera de piedra, se ofreció a mi vista, y por ella entré en una lujosa habitación, donde en un sofá estaba el joven con un abanico en la mano.
Éste pareció sorprendido y asustado al verme, y para tranquilizarle me apresuré a decirle:
—Nada temáis, señor, quienquiera que seáis; un Rey e hijo de Reyes, no es capaz de haceros el daño más insignificante.
Tranquilizóse, en efecto, el joven al oír estas palabras, y rogándome, sonriendo, que me sentase a su lado, me dijo luego:
—Príncipe, os voy a referir algo tan singular y sorprendente que os dejará maravillado. Hacía muchos años que estaba casado mi padre sin tener sucesión, cuando fué advertido en sueños que engendraría un hijo cuya vida no sería de larga duración, y esto le causó honda pena. Algunos días después le anunció mi madre que estaba encinta, y el tiempo en que le parecía haber concebido correspondía a la noche del sueño: me dió a luz, y mi nacimiento llenó de júbilo a toda la familia. Mi padre, que no podía olvidar su sueño, consultó a los astrólogos, que le dijeron: