Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—Nada temáis y tened confianza en la bondad de Dios, como si ya estuvierais fuera de peligro. No os abandonaré durante los cuarenta días que quedan hasta los cincuenta de plazo desde que fué derribada la estatua, y pasado el término me aprovecharé del buque de vuestro padre para volver a mi reino, donde os daré nuevas pruebas de mi amistad y cariño.

Pasamos treinta y nueve días de la manera más agradable en aquel subterráneo y ni en sueños siquiera se me ocurrió el criminal pensamiento de dar la muerte al inocente niño.

Llegó el día fatal. El joven se despertó al amanecer y me dijo enajenado de gozo:

—Se acerca la hora y no he muerto, gracias al Cielo y a vuestra buena compañía. Mi padre, en justo agradecimiento, os acompañará a vuestros Estados; pero entretanto os ruego que pongáis a calentar un poco de agua para lavarme el cuerpo, pues quiero cambiarme de ropas para recibir a mi padre.

Puse el agua al fuego, y cuando estuvo tibia llené un barreño y lavé y sequé con mis propias manos al muchacho. Cuando hube terminado, le coloqué de nuevo en el lecho, arropándole cuidadosamente.

Durmió unos momentos, y al despertar me dijo:

—Príncipe, tened la bondad de traerme un melón.


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