Las mil y una noches
Las mil y una noches En el acto me apresuré a complacerle, y como no tenÃa cuchillo, le pedà uno al joven.
—Encontraréis uno —me respondió— en esta cornisa que está sobre mi cama.
Efectivamente allà se encontraba, pero después de haberle tomado, quise bajar del lecho donde me habÃa subido con tanta prisa que se me liaron los pies en las ropas de la cama y caà desgraciadamente sobre el niño hundiéndole el cuchillo en el corazón.
La muerte fué instantánea, y mi desesperación no tuvo lÃmites en presencia de aquel joven a quien habÃa sacrificado de una manera tan involuntaria. Hubiera querido yo morir también, pero, sin embargo, un sentimiento de egoÃsmo natural me hizo pensar en el peligro que corrÃa si era sorprendido allà por el padre de la vÃctima. Salà del subterráneo, cuya entrada tapé con esmero, y apenas acabada la operación distinguà en la mar el buque del anciano, el cual se aproximaba con tal rapidez que casi me faltó tiempo para ocultarme entre las hojas de un árbol.
Renuncio a describir la escena que tuvo lugar al descubrir el padre la muerte de su querido hijo, de su única esperanza y su mayor consuelo en el mundo. TodavÃa me parece que oigo sus gritos, que siento la humedad de sus lágrimas y que veo la ceremonia del entierro que verificaron allà mismo los esclavos.