Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Volvieron todos al buque y al poco tiempo le perdí de vista. Un mes permanecí solo en la isla, y quizás hubiera estado siempre sin poder salir de ella a no ser porque las mareas empezaron a bajar por un lado y a acercarse la tierra firme por otro. Al menos tal me lo pareció, y con el agua hasta la rodilla emprendí una caminata que me dejó rendido de cansancio. Al fin, llegué a un extenso país, y ya bastante lejos de la mar vi una gran claridad que al principio tomé por un incendio, y que no era más que un castillo de cobre enrojecido a los ardientes rayos del sol. Me detuve para contemplarle, cuando vi a diez jóvenes, tuertos todos del ojo derecho, y acompañados de un anciano de alta estatura. Se acercaron a mí con apresuramiento y me preguntaron el objeto de mi visita, a lo cual les contesté con el relato de mi historia, la que les interesó de tal modo, que no volvían en sí de su sorpresa.

A sus ruegos, entré con ellos en el castillo hasta un gran salón donde se veían diez pequeños sofás de color azul, muebles que lo mismo servían para sentarse que para dormir cómodamente; cada uno de los jóvenes tomó asiento en el suyo, y el anciano fué a colocarse en otro sofá de igual color situado en el centro.

—Sentaos en la alfombra —me dijo uno de los jóvenes—, y no llevéis vuestra curiosidad hasta el punto de preguntar nada acerca de nosotros, ni del motivo que nos ha hecho tuertos del ojo derecho.


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