Las mil y una noches

Las mil y una noches

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El anciano nos sirvió la cena, dándonos a cada uno una taza de vino, y después trajo unos almohadones azules y unas jofainas llenas de ceniza, hollín y polvos de carbón, presentándolas a los jóvenes. Éstos se frotaron y tiznaron la cara con aquella mezcla, que los puso en un estado lamentable, y hecho esto, comenzaron a llorar y a darse golpes de pecho diciendo a gritos:

—¡Este es el fruto de nuestra ociosidad y de nuestros desórdenes!

Así pasó toda la noche, y cerca del amanecer se entregaron al sueño después de haberse lavado las manos y el rostro.

Yo no sabía qué pensar de tan extraño espectáculo, pero no pude hacer ni una sola pregunta. Al día siguiente y todos los sucesivos se repitió la misma operación, e impaciente por descubrir el misterio, no me pude contener y pedí que me revelasen el secreto de su conducta.

—Si no lo hemos hecho hasta hoy —dijo uno de los jóvenes—, es por no exponeros a sufrir el mismo mal que nosotros.

—No importa —repliqué—; estoy decidido a todo.

—Sabed entonces que apenas hayáis perdido el ojo derecho saldréis de aquí, porque nuestro número está completo y no puede ser aumentado.


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