Las mil y una noches
Las mil y una noches Entré en el patio del castillo y vi, maravillado, noventa y nueve puertas de sándalo y de áloe, y una de oro macizo, cuyas cien puertas conducÃan a jardines y a habitaciones amuebladas con sorprendente magnificencia. Vi una puerta abierta, y entré por ella a un salón donde habÃa cuarenta jóvenes de una hermosura que no puede idear ni el pincel del mejor artista. Todas se levantaron al verme, y me dijeron:
—¡Bien venido, señor, bien venido!
—Hace tiempo —continuó una de ellas— que esperábamos a un caballero tan apuesto como vos, y creemos que no hallaréis desagradable nuestra compañÃa. Venid, sentaos a nuestro lado, y desde este momento somos esclavas vuestras, dispuestas a obedecer lo que queráis ordenarnos.
Dicho esto, una de las jóvenes me presentó perfumes de exquisito aroma, otra un magnÃfico vestido, otra el vino y los manjares, sirviéndome las demás como si realmente hubiesen sido mis esclavas.
Comà y bebà y luego conté mi aventura a aquellas hermosas jóvenes.
Cuando hube terminado, varias de ellas se me acercaron más para distraerme, mientras otras fueron a buscar lámparas encendidas, y volvieron con tantas que la sala parecÃa iluminada por la luz del sol.