Las mil y una noches
Las mil y una noches Entretanto otras prepararon un banquete de frutas secas, dulces, vinos y licores exquisitos y algunas aparecieron provistas de instrumentos musicales.
Cuando todo estuvo preparado, invitáronme a ocupar mi sitio.
Terminados el banquete, los conciertos y las danzas, díjome una de ellas:
—Estáis cansado de resultas del viaje que habéis hecho, y hora es ya de que toméis algún reposo; vuestro aposento está preparado; mas, antes de retiraros, escoged entre nosotras una para que os sirva.
Era forzoso ceder; tendí mi mano a la que había hablado en nombre de sus compañeras, y ella me condujo al dormitorio.
Así transcurrió la noche, y apenas brilló el sol del nuevo día, las restantes treinta y nueve jóvenes entraron en mi aposento ataviadas con trajes diferentes de los que lucieron la víspera. Condujéronme al baño y, a pesar de mi resistencia, ellas mismas me prestaron todos los servicios del caso y me vistieron con un traje mucho más rico y espléndido que el primero.
Pasamos casi todo el día sentados a la mesa, y, llegada la noche, me rogaron que hiciera como la precedente.
Así transcurrió un año…