Las mil y una noches
Las mil y una noches Al final de este tiempo entraron en mi habitación las jóvenes y me dijeron con los ojos bañados en llanto:
—Adiós, querido Príncipe, adiós; es forzoso que os abandonemos.
Sus lágrimas me conmovieron y les rogué que me explicasen la causa de su dolor y de la separación de que me hablaban.
—La causa de nuestro llanto —me respondieron— no es otra que la pena que nos ocasiona el separarnos de vos. ¡Tal vez no volveremos a vernos jamás! Sin embargo, esto puede evitarse si vos lo queréis y tenéis bastante dominio de vos mismo.
—No comprendo lo que me decís —contesté—, y os suplico que os expliquéis claramente.
—Pues bien —dijo una de ellas—; sabed que todas somos Princesas, hijas de Reyes. Vivimos aquí con la alegría que habéis visto; pero al fin de cada año estamos obligadas a separarnos por cuarenta días, para ciertos asuntos que no podemos revelaros. El año terminó ayer y es preciso que os dejemos: ya sabéis cuál es la causa de nuestra aflicción. Mas, antes de salir, os dejaremos todas las llaves del palacio; pero os recomendamos para vuestro bien que no abráis la puerta de oro, pues, de lo contrario, no volveréis a vernos.
Prometí obedecerlas y nos despedimos con lágrimas en los ojos.