Las mil y una noches
Las mil y una noches Su partida me afligió sobremanera, y aunque la ausencia sólo debía durar cuarenta días, parecíame que habían de ser siglos los que de ellas estaría separado.
Yo me prometí no olvidar la advertencia que me hicieron acerca de la puerta de oro; pero como, salvo aquella excepción, me estaba permitido satisfacer mi curiosidad, tomé, según el orden que estaban colocadas, la primera llave.
Abrí una puerta y me encontré en un jardín frondosísimo, lleno de árboles frutales, tan asombrosamente espléndido, que no osaría compararlo ni aun con el que, después de la muerte, nos promete nuestra religión.
La simetría, la elegancia, la disposición admirable de los árboles, la abundancia y la diversidad de los frutos, su frescura, su belleza, todo él, en fin, me fascinaba.
Le abandoné con el alma encantada y abrí otra puerta. En vez de un jardín de frutas me hallé en un vergel de flores.
Imposible me sería narraros todas las maravillas que vi en los días sucesivos; sólo os diré que necesité treinta y nueve días para abrir las noventa y nueve puertas y admirar todo lo que se ofrecía a mi vista.