Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Llegado, finalmente, el cuadragésimo día de la partida de las hermosas mujeres, si no hubiera perdido el dominio de mi propia voluntad, sería hoy el más feliz de todos los hombres, mientras soy, por el contrario, el más desdichado; la curiosidad triunfó de la solemne promesa que hice y penetré en mal hora en el sitio prohibido. Abrí la puerta fatal, y sentí un olor agradable, aunque contrario a mi temperamento, que me quitó la razón y caí al suelo desmayado. Vuelto en mí, no supe aprovecharme de esta especie de advertencia, y seguí adelante hasta poner el pie en una habitación alumbrada por mil bujías, que exhalaban un olor muy aromático. El pavimento estaba cubierto de azafrán, y en el centro vi a un magnífico caballo negro que por la belleza de la forma y por el lujo oriental de los arneses, sobrepujaba a cuanto puede pensarse. Le saqué al patio por la brida para contemplarle mejor, le monté con objeto de que marchase, pero se quedó inmóvil como una piedra. Irritado entonces le apreté los ijares y el animal desplegó unas alas que yo no había visto, y relinchando de un modo horrible se remontó conmigo al espacio, mientras mi sangre se helaba de terror. Luego bajó desde una altura inmensa y se detuvo en la azotea de un castillo, donde, sin darme tiempo de echar pie a tierra, me sacudió con tal violencia que caí al suelo. El caballo me sacudió la punta de la cola en el rostro y me saltó el ojo derecho; en seguida emprendió su vuelo, desapareciendo de mi vista. Muy afligido con la pérdida del ojo, y transido de dolor, bajé al salón del edificio y en él me encontré a los diez jóvenes tuertos con el anciano, que al parecer no se sorprendieron al contemplarme en aquella triste situación, puesto que lo mismo les había sucedido a ellos, y yo, a pesar de saberlo, no quise eludir el peligro.


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