Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—Quisiéramos que permanecieseis aquí —me dijeron—, pero ya sabéis las razones que nos lo impiden. Id a la corte de Bagdad y allí encontraréis al que debe decidir de vuestra suerte futura.

Por el camino me afeité la cabeza y la barba, y tomé el hábito de calenda para entrar en esta ciudad, donde he sido recibido por vosotras, en unión de mis compañeros, con tanta generosidad como apresuramiento.

Concluida la historia, dijo Zobeida a los tres calendas que estaban perdonados, y añadió, volviéndose a los fingidos mercaderes:

—Contadnos ahora vuestra historia.

—Muy sencilla es, señora —respondió el gran visir Giafar—. Somos mercaderes de Musul y hemos venido a Bagdad a la venta de los efectos aquí almacenados. Hoy comimos con varios compañeros, luego se cantó, y tal fué el estrépito y el barullo de nuestras voces que entró una ronda en la posada y cada cual escapó por donde pudo. Nos fué imposible a los tres penetrar en nuestro alojamiento por lo avanzado de la hora, y la casualidad nos condujo a la puerta de esta casa, atraídos por las armonías de la música.

Tal es nuestra simple historia.


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