Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Zobeida perdonó también la vida a los mercaderes, como a los calendas y al mandadero, y con un gesto imperioso les ordenó a todos que saliesen inmediatamente del palacio. La presencia de los siete esclavos armados hizo que cumpliesen la orden más que de prisa.

Una vez en la calle, el Califa dijo a los calendas, sin darse a conocer:

—Y vosotros, que sois extranjeros recién llegados a esta ciudad, ¿adónde pensáis dirigiros?

—Señor, eso es precisamente lo que nos preocupa.

—Pues, seguidnos —repuso el Califa—, y os sacaremos dé apuros.

Y dirigiéndose al Visir, añadió:

—Lleváoslos a vuestra casa, y mañana temprano los conducís a mi presencia; quiero que, escriban sus historias, dignas de figurar en los anales del reino.

El Gran Visir Giafar llevóse consigo a los tres calendas; él mandadero fuése a su casa, y el Califa, acompañado de Mesrour, volvió a Palacio.

A la mañana siguiente en cuanto se levantó, sentóse en su trono y a los pocos momentos compareció el Visir.


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