Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—Giafar —le dijo el Califa—, los asuntos de que hoy hemos de tratar no son importantes ni urgentes; más interesantes son las tres mujeres y los dos perros. Así, pues, id por ellos y conducid al mismo tiempo a los tres calendas.

El Visir se apresuró a obedecer.

El Califa, para mantener las prácticas establecidas, y en consideración a que en la sala del trono se hallaban muchos cortesanos, ordenó que las mujeres permaneciesen tras del tapiz que ocultaba la entrada de su dormitorio y que los tres calendas se colocasen a su diestra.

Hecho esto, el Califa dijo, dirigiéndose al sitio donde se ocultaban las tres mujeres:

—Señoras, voy sin duda a alarmaros luego que os diga que anoche me introduje en vuestra casa disfrazado de mercader; pero nada temáis, puesto que estoy satisfecho de vuestra conducta y del recibimiento que me hicisteis. Soy Haroun-al-Raschid, quinto Califa de la gloriosa dinastía de Abbas, que reemplaza a nuestro gran Profeta, y os ruego me digáis quiénes sois, la causa de haber maltratado anoche a las perras negras, llorando luego con ellas, y por qué una de vosotras está cubierta de cicatrices.

Zobeida hizo una reverencia, y en seguida habló en estos términos:


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