Las mil y una noches
Las mil y una noches —¡Ay! —exclamó—. ¿Cómo queréis que pida semejante gracia, si apenas me queda una hora de vida?
—Vamos, desechad tan sombrÃos pensamientos. Sois joven, gozáis de excelente salud y…
—A pesar de eso —me interrumpió— moriré, pues dentro de una hora me enterrarán junto con mi esposa. Tal es la costumbre establecida por nuestros antepasados: el marido debe seguir a la tumba a la mujer y la mujer al marido, enterrando vivo al sobreviviente.
Semejante noticia me llenó de terror.
Poco después acudÃan a la casa mortuoria los parientes, amigos y vecinos de los esposos para asistir a las exequias.
Amortajaron el cadáver con sus más ricos vestidos y joyas y, colocándolo en el ataúd, se organizó el cortejo, que iba presidido, por el viudo.
Llegados a la cima de una alta montaña, levantaron una piedra que cubrÃa la boca de un pozo, y bajaron el cadáver. Hecho esto, el marido abrazó a sus parientes y amigos, y sin oponer resistencia dejó que le tendieran en un ataúd, en el que colocaron un cántaro de agua y siete panecillos, y lo bajaron al pozo, como habÃan hecho con el cadáver. Terminada la ceremonia, cerraron nuevamente el pozo con la losa que lo cubrÃa y cada cual volvió a su casa.
No pude disimular al Rey mis impresiones.